
Durante las últimas semanas he estado reflexionando sobre el pasaje del Evangelio que habla del propietario de un viñedo que contrató a ciertos trabajadores. Algunos de ellos fueron contratados temprano y trabajaron su jornada completa para él. Otros trabajaron menos tiempo; algunos durante solo una hora. Al final del día, les pagó a todos lo mismo, y es allí donde surge el conflicto: tanto para los trabajadores como para nosotros.
Desde muy temprana edad, empezamos a considerarnos autoridad en materia de justicia. Muchos antes de alcanzar la edad de la razón, los niños en edad preescolar expresan su frustración gritando: “no es justo”. Así pues, aunque no fuéramos nosotros quienes trabajamos bajo el sol todo el día en la viña, nuestra naturaleza humana percibe la conducta del propietario como injusta. Y es evidente que el dueño viña quería que todos conocieran su generosidad, ya que podría haber evitado la polémica pagando primero a los obreros contratados al inicio; de este modo, cada grupo se habría marchado satisfecho, sin llegar a saber nunca cuánto cobraron los grupos que llegaron más tarde.
Pero, más allá de verlo simplemente desde una perspectiva financiera, consideremos lo que se logró aquel día. El propietario necesitaba trabajadores para transformar sus campos. Los jornaleros que estuvieron allí la jornada completa tuvieron un mayor impacto en la salud y la productividad del viñedo que aquellos que trabajaron más o menos una hora. Antes de marcharse, quienes trabajaron todo el día pudieron haberse detenido a contemplar la gran extensión del campo y sentir una profunda satisfacción.
Quiero ver mi relación con Jesús de la misma manera. Él nos invita a todos a su Reino. Algunas personas comienzan a seguirlo desde la infancia, otras en la juventud o en la madurez. Hay quienes resisten el llamado de Jesús hasta sus últimos años o incluso hasta el lecho de muerte; pero independientemente de cuando ocurra la conversión, Jesus, al igual que el dueño de la viña es generoso con todos nosotros. Como discípulos, sin importar cuando hayamos comenzado a servir a Dios, detengámonos a reflexionar sobre nuestros años de esfuerzo y arduo trabajo con una sensación de plenitud, sabiendo que estamos contribuyendo positivamente al bienestar y a la productividad de su Reino.
Sagradas Escrituras: Leer Mateo 20:11-12 ¿Que llama tu atención?
Llamado a la acción: Asume con entusiasmo la idea de trabajar arduamente para Dios y reflexiona sobre lo que puedes lograr; en lugar de concentrarte en lo que recibirás.



