
La semana pasada al escuchar en Hallow a Lisa Brenninkmeyer, me conmovió una verdad bellamente expresada y que ahora guardo muy dentro de mi corazón:
“Las aflicciones se presentan de muchas formas. En medio de un mundo saturado de pecados, las personas necesitan saber que importan, que su dolor importa, que son vistas. ¡Qué gran diferencia puede marcar la presencia de alguien que brinda consuelo! No podemos responder a todas las preguntas sobre el sufrimiento, pero podemos decir “Lo veo, y lo que es más importante, te veo a tí. No permitiré que este dolor te devore ni te abrume”.
Continúa diciendo: “Nada nos convierte en ministros de consuelo más eficaces que el haber sufrido nosotros mismos. Ni una sola de tus lágrimas de dolor se desperdiciará si permites que sean redimidas en la vida de otra persona. Dios puede utilizar cada gramo de lo que has vivido para con ello hacer de este mundo un mejor lugar y más generoso.”
Creo que puedo afirmar con total seguridad que todos quienes lean esta columna han sufrido de una forma u otra. Los traumas de la niñez, un divorcio, un duelo, las dificultades económicas , las desavenencias familiares, los problemas de salud, las enfermedades mentales y un extenso etcétera, son desafíos que pueden redimir grandes dones del Espíritu Santo. Los dones inestimables, como la comprensión y el conocimiento, no surgen simplemente de la nada; todos tienen un precio.
A lo largo de mi vida, me ha tocado desempeñar los papeles de consolador como de consolado. Siento una profunda gratitud hacia personas generosas que me brindaron compasión, empatía y la sabiduría que habían madurado con sus propias experiencias de sufrimiento. Sané de maneras que no habrían sido posible sin las experiencias de las adversidades que ellos vivieron. También estoy muy agradecida con Dios cuando puedo dar un buen uso a mis propias lágrimas de dolor para suavizar la carga de los demás.
Todo forma parte del Gran Plan de Dios: Donde Él nos invita a ayudarnos, mutuamente, al mismo tiempo que al ayudarnos los unos a los otros nuestro sufrimiento pierde intensidad. Como escribe Pablo en Corintios 2: “Bendito sea el Dios de toda consolación, quien nos consuela en toda nuestra aflicción, para que podamos consolar a aquellos que se encuentran afligidos, con ese mismo consuelo que recibimos de Dios”.
Sagradas Escrituras: Leer Corintios 1:4-5. ¿Que llama su atención?
Llamado a la Acción: Vea a su alrededor. ¿A quién podría Dios estar llamándole para consolar? ¿El dolor de quien podría Usted aliviar empleando los dones que Dios le ha dado?




