
La semana pasada al salir del parqueadero de mi casa, pude notar un carro detrás de mí. Al llegar a la calle hice un giro a la derecha. El otro carro hizo lo mismo. Al llegar al final de la calle giré a la izquierda en el semáforo. El otro carro hizo lo mismo. Continué, tomando la primera salida hacia la izquierda y después de conducir un par de kilómetros, hice una derecha y luego una izquierda para tomar la entrada a la autopista. Me llamó mucho la atención que el carro que había estado siguiendo desde el momento de salir de mi calle siguiera mi mismo destino. Unos minutos después, tomé una salida pero él no. Compartimos el mismo camino durante un rato, y luego cada uno siguió su propio rumbo para cumplir con sus respectivos propósitos.
Esta experiencia me hizo recordar un pensamiento que tuve durante la misa de Nochebuena de este pasado año, mientras estaba en Misa, arrodillada con mis hijos, mi nuera y mi nietecita. La misa de Navidad, de todas las misas a las que asistimos a lo largo del año, es la que solemos celebrar con la familia más cercana.
De manera que al reflexionar sobre mi infancia, la imagen que vino a mi mente fue la de una niña pequeña con sus padres y su hermana menor. Al terminar la misa, íbamos a ver el nacimiento antes de regresar a casa. Hubo años en que nos quedamos a dormir en casa de mis abuelos, donde se acostumbraba arrodillarnos con mi abuela y mi tío Bill quien era soltero. Mi abuelo no iba a la iglesia, así que no forma parte de ese recuerdo.
Ya de adulta me mudé lejos de la casa de mi infancia, pero en Navidad solía regresar. Mi hermana se casó y acostumbraba a traer a su esposo e hijos a sentarse con nosotros en la banca de la iglesia. Mi padre falleció; yo me casé y mi esposo y mis hijos se unieron a nosotros. Mi madre y mi esposo murieron. Mi hermana y su familia viven a varias horas de distancia, de manera que para esta pasada Navidad al terminar la Misa, cinco de nosotros caminamos hacia el frente para contemplar el pesebre. Me dí cuenta que incluso mis seres queridos más cercanos, la familia con la que me arrodillo, rezo y adoro a Dios en Navidad, compartirán mi camino solo un tiempo. Desde el momento en que comienzan, luego cambian de ruta y ese nuevo rumbo es solo de ellos. Aceptemos esa realidad y atesoremos esos momentos, sabiendo que el paso de los años nos traerá nuevos dones que nos acompañarán en nuestro camino.
Sagradas Escrituras: Esta semana leer 2 Timoteo 3:15. Que sobresale?
Llamado a la acción: Reflexionar sobre las pasadas Navidades. ¿Quiénes han compartido la Misa contigo?




